
Digamos que eres pobre y te
estás muriendo de hambre, como nos pasaba a nosotras. Tienes la
posibilidad de añadir tu nombre más veces a cambio de teselas; cada
tesela vale por un exiguo suministro anual de cereales y aceite para
una persona. También puedes hacer ese intercambio por cada
miembro de tu familia, motivo por el que, cuando yo tenía doce años,
mi nombre entró cuatro veces en el sorteo. Una porque era lo mínimo,
y tres veces más por las teselas para conseguir cereales y aceite para
Prim, mi madre y yo. De hecho, he tenido que hacer lo mismo todos
los años, y las inscripciones en el sorteo son acumulativas. Por eso,
ahora, a los dieciséis años, mi nombre entrará veinte veces en el
sorteo de la cosecha. Harry, que tiene dieciocho y lleva siete años
ayudando o alimentando el solo a una familia de cinco, tendrá
cuarenta y dos papeletas.
No cuesta entender por qué se enciende con Madge, que nunca
ha corrido el peligro de necesitar una tesela. Las probabilidades de
que el nombre de la chica salga elegido son muy reducidas si se
comparan con las de los que vivimos en la Veta. No es imposible, pero
sí poco probable y, aunque las reglas las estableció el Capitolio y no
los distritos ni, sin duda, la familia de Madge, es difícil no sentir
resentimiento hacia los que no tienen que pedir teselas.
Harry es consciente de que su rabia no debería ir contra Madge.
Algunas veces, cuando estamos en lo más profundo del bosque,
lo he oído despotricar contra las teselas, diciendo que no son más que
otro instrumento para fomentar la miseria en nuestro distrito, una
forma de sembrar el odio entre los trabajadores hambrientos de la
Veta y los que no suelen tener problemas de comida, y, así,
asegurarse de que nunca confiemos los unos en los otros. «Al
Capitolio le viene bien que estemos divididos», me diría, si no hubiese
nadie más que yo escuchándolo, si no fuese día de cosecha, si una
chica con un alfiler de oro y sin teselas no hubiese hecho lo que
seguramente ella consideraba un comentario inofensivo.
Mientras caminamos, lo miro a la cara, todavía ardiendo debajo
de su expresión glacial; su ira me parece inútil, aunque no se lo digo.
No es que no esté de acuerdo con él, porque lo estoy, pero ¿de qué
sirve despotricar contra el Capitolio en medio del bosque? No cambia
nada, no hace que la situación sea más justa y no nos llena el
estómago. De hecho, asusta a las posibles presas. Sin embargo, lo
dejo gritar; mejor hacerlo en el bosque que en el distrito.
Harry y yo nos dividimos el botín, lo que nos deja con dos peces,
un par de hogazas de buen pan, verduras, un puñado de fresas, sal,
parafina y algo de dinero para cada uno.
--Nos vemos en la plaza --le digo.
--Ponte algo bonito --me responde, sin humor.
En casa, encuentro a mi madre y a mi hermana preparadas para
salir. Mi madre lleva un vestido elegante de sus días de boticaria y
Prim viste mi primer traje de cosecha: una falda y una blusa con
volantes. A ella le queda un poco grande, pero mi madre se lo ha
sujetado con alfileres; aun así, la blusa se le sale de la falda por la
parte de atrás.
Me espera una bañera llena de agua caliente. Me restriego para
quitarme la tierra y el sudor de los bosques, e incluso me lavo el pelo.
Veo, sorprendida, que mi madre me ha sacado uno de sus
encantadores vestidos, una suave cosita azul con zapatos a juego.
--¿Estás segura? --le pregunto, porque intento evitar seguir
rechazando su ayuda.
Antes estaba tan enfadada con ella que no le dejaba hacer nada
por mí. Sin embargo, se trata de algo especial, porque le da mucho
valor a la ropa de su pasado.
--Claro que sí, y también me gustaría recogerte el pelo --me
responde. Le dejo secármelo, trenzarlo y colocármelo sobre la cabeza.
Apenas me reconozco en el espejo agrietado que tenemos apoyado
en la pared.
--Estás muy guapa --dice Prim, en un susurro.
--Y no me parezco en nada a mí --respondo.
La abrazo, porque sé que las horas que nos esperan serán
terribles para ella. Es su primera cosecha, aunque está lo más segura
posible, ya que su nombre sólo ha entrado una vez en la urna; no le he
dejado pedir ninguna tesela. Sin embargo, está preocupada por mí, le
preocupa que ocurra lo inimaginable.
Protejo a Prim de todas las formas que me es posible, pero nada
puedo hacer contra la cosecha. La angustia que noto en el pecho
siempre que mi hermana sufre amenaza con asomar a la superficie.
Me doy cuenta de que se le ha salido de nuevo la blusa por detrás y
me obligo a mantener la calma.
--Arréglate la cola, patito --le digo, poniéndole de nuevo la blusa
en su sitio.
--Cuac --responde Prim, soltando una risita.
--Eso lo serás tú --añado, riéndome también; ella es la única que
puede hacerme reír así--. Vamos, a comer --digo, dándole un besito
rápido en la cabeza.
Decidimos dejar para la cena el pescado y las verduras, que ya se
están cocinando en un estofado, y guardamos las fresas y el pan para
la noche, diciéndonos que así será algo especial; de modo que
bebemos la leche de la cabra de Prim, Lady, y nos comemos el pan
basto que hacemos con el cereal de la tesela, aunque, de todos
modos, nadie tiene mucho apetito.
A la una en punto nos dirigimos a la plaza. La asistencia es
obligatoria, a no ser que estés a las puertas de la muerte. Esta noche
los funcionarios recorrerán las casas para comprobarlo. Si alguien ha
mentido, lo meterán en la cárcel.
Es una verdadera pena que la ceremonia de la cosecha se
celebre en la plaza, uno de los pocos lugares agradables del Distrito
12. La plaza está rodeada de tiendas y, en los días de mercado, sobre
todo si hace buen tiempo, parece que es fiesta. Sin embargo, hoy, a
pesar de los banderines de colores que cuelgan de los edificios, se
respira un ambiente de tristeza. Las cámaras de televisión,
encaramadas como águilas ratoneras en los tejados, sólo sirven para
acentuar la sensación.
La gente entra en silencio y ficha; la cosecha también es la
oportunidad perfecta para que el Capitolio lleve la cuenta de la
población. Conducen a los chicos de entre doce y dieciocho años a las
áreas delimitadas con cuerdas y divididas por edades, con los
mayores delante y los jóvenes, como Prim, detrás. Los familiares se
ponen en fila alrededor del perímetro, todos cogidos con fuerza de la
mano. También hay otros, los que no tienen a nadie que perder o ya
no les importa, que se cuelan entre la multitud para apostar por
quiénes serán los dos chicos elegidos. Se apuesta por la edad que
tendrán, por si serán de la Veta o comerciantes, o por si se
derrumbarán y se echarán a llorar. La mayoría se niega a hacer tratos
con los mañosos, salvo con mucha precaución; esas mismas personas
suelen ser informadores, y ¿quién no ha infringido la ley alguna vez?
Podrían pegarme un tiro todos los días por dedicarme a la caza furtiva,
pero los apetitos de los que están al mando me protegen; no todos
pueden decir lo mismo.
En cualquier caso, Harry y yo estamos de acuerdo en que, si
pudiéramos escoger entre morir de hambre y morir de un tiro en la
cabeza, la bala sería mucho más rápida.
La plaza se va llenando, y se vuelve más claustrofóbica conforme
llega la gente. A pesar de su tamaño, no es lo bastante grande para
dar cabida a toda la población del Distrito 12, que es de unos ocho mil
habitantes. Los que llegan los últimos tienen que quedarse en las
calles adyacentes, desde donde podrán ver el acontecimiento en las
pantallas, ya que el Estado lo televisa en directo.
Me encuentro de pie, en un grupo de chicos de dieciséis años de
la Veta. Intercambiamos tensos saludos con la cabeza y centramos
nuestra atención en el escenario provisional que han construido
delante del Edificio de Justicia. Allí hay tres sillas, un podio y dos
grandes urnas redondas de cristal, una para los chicos y otra para las
chicas. Me quedo mirando los trozos de papel de la bola de las chicas:
veinte de ellos tienen escrito con sumo cuidado el nombre de ___
Everdeen.
Dos de las tres sillas están ocupadas por el alcalde Undersee (el
padre de Madge, un hombre alto de calva incipiente) y Effie Trinket, la
acompañante del Distrito 12, recién llegada del Capitolio, con su
aterradora sonrisa blanca, el pelo rosáceo y un traje verde primavera.
Los dos murmuran entre sí y miran con preocupación el asiento vacío.
Justo cuando el reloj da las dos, el alcalde sube al podio y
empieza a leer. Es la misma historia de todos los años, en la que
habla de la creación de Panem, el país que se levantó de las cenizas
de un lugar antes llamado Norteamérica. Enumera la lista de
desastres, las sequías, las tormentas, los incendios, los mares que
subieron y se tragaron gran parte de la tierra, y la brutal guerra por
hacerse con los pocos recursos que quedaron. El resultado fue
Panem, un reluciente Capitolio rodeado por trece distritos, que llevó la
paz y la prosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaron los Días
Oscuros, la rebelión de los distritos contra el Capitolio. Derrotaron a
doce de ellos y aniquilaron al decimotercero. El Tratado de la Traición
nos dio unas nuevas leyes para garantizar la paz y, como recordatorio
anual de que los Días Oscuros no deben volver a repetirse, nos dio
también los Juegos del Hambre.
Las reglas de los Juegos del Hambre son sencillas: en castigo por
la rebelión, cada uno de los doce distritos debe entregar a un chico y
una chica, llamados tributos, para que participen. Los veinticuatro
tributos se encierran en un enorme estadio al aire libre en la que
puede haber cualquier cosa, desde un desierto abrasador hasta un
páramo helado. Una vez dentro, los competidores tienen que luchar a
muerte durante un periodo de varias semanas; el que quede vivo,
gana.
Coger a los chicos de nuestros distritos y obligarlos a matarse
entre ellos mientras los demás observamos; así nos recuerda el
Capitolio que estamos completamente a su merced, y que tendríamos
muy pocas posibilidades de sobrevivir a otra rebelión. Da igual las
palabras que utilicen, porque el verdadero mensaje queda claro:
«Mirad cómo nos llevamos a vuestros hijos y los sacrificamos sin que
podáis hacer nada al respecto. Si levantáis un solo dedo, os
destrozaremos a todos, igual que hicimos con el Distrito 13».
Para que resulte humillante además de una tortura, el Capitolio
exige que tratemos los Juegos del Hambre como una festividad, un
acontecimiento deportivo en el que los distritos compiten entre sí. Al
último tributo vivo se le recompensa con una vida fácil, y su distrito
recibe premios, sobre todo comida. El Capitolio regala cereales y
aceite al distrito ganador durante todo el año, e incluso algunos
manjares como azúcar, mientras el resto de nosotros luchamos por no
morir de hambre.
--Es el momento de arrepentirse, y también de dar gracias --recita
el alcalde.
Después lee la lista de los habitantes del Distrito 12 que han
ganado en anteriores ediciones. En setenta y cuatro años hemos
tenido exactamente dos, y sólo uno sigue vivo: Haymitch Abernathy,
un barrigón de mediana edad que, en estos momentos, aparece
berreando algo ininteligible, se tambalea en el escenario y se deja caer
sobre la tercera silla. Está borracho, y mucho. La multitud responde
con su aplauso protocolario, pero el hombre está aturdido e intenta
darle un gran abrazo a Effie Trinket, que apenas consigue zafarse.
El alcalde parece angustiado. Como todo se televisa en directo,
ahora mismo el Distrito 12 es el hazmerreír de Panem, y él lo sabe.
Intenta devolver rápidamente la atención a la cosecha presentando a
Effie Trinket.
La mujer, tan alegre y vivaracha como siempre, sube a trote ligero
al podio y saluda con su habitual:
--¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre,
siempre de vuestra parte!
Seguro que su pelo rosa es una peluca, porque tiene los rizos
algo torcidos después de su encuentro con Haymitch. Empieza a
hablar sobre el honor que supone estar allí, aunque todos saben lo
mucho que desea una promoción a un distrito mejor, con ganadores
de verdad, en vez de borrachos que te acosan delante de todo el país.
Localizo a Harry entre la multitud, y él me devuelve la mirada con
la sombra de una sonrisa en los labios. Para ser una cosecha, al
menos estaba resultando un poquito divertida. Pero, de repente,
empiezo a pensar en Harry y en las cuarenta y dos veces que aparece
su nombre en esa gran bola de cristal, y en cómo la suerte no está
siempre de su parte, sobre todo comparado con muchos de los chicos.
Y quizá él esté pensando lo mismo sobre mí, porque se pone serio y
aparta la vista.
«No te preocupes, hay mil papeletas», desearía poder decirle.
Ha llegado el momento del sorteo. Effie Trinket dice lo de siempre,
«¡las damas primero!», y se acerca a la urna de cristal con los
nombres de las chicas. Mete la mano hasta el fondo y saca un trozo
de papel. La multitud contiene el aliento, se podría oír un alfiler caer, y
yo empiezo a sentir náuseas y a desear desesperadamente que no
sea yo, que no sea yo, que no sea yo.
Effie Trinket vuelve al podio, alisa el trozo de papel y lee el
nombre con voz clara; y no soy yo.
Es Primrose Everdeen.