Amar Es Dar Tu Corazon

Amar Es Dar Tu Corazon

Desde el momento en que te vi, no pude dejar de pensar en ti y me duele que me creas tu mejor amiga, pero voy a pelear por tu amor cueste lo que cueste, o sino prometo olvidarte

Cancelo Novela!!

Chicas no se si seguir la nove, creo que la dejo. debido a que tengo problemas en mi casa, asi que de ahora en mas eh decididole hacer blends de lo que ustedes me pidan... y debes en cuando one shot.

besos y si quieren que les haga blends me habisan, me ponen de que quieren ycon quien.

Los juegos del hambre- capitulo 1 parte 3

 

Digamos que eres pobre y te

estás muriendo de hambre, como nos pasaba a nosotras. Tienes la

posibilidad de añadir tu nombre más veces a cambio de teselas; cada

tesela vale por un exiguo suministro anual de cereales y aceite para

una persona. También puedes hacer ese intercambio por cada

miembro de tu familia, motivo por el que, cuando yo tenía doce años,

mi nombre entró cuatro veces en el sorteo. Una porque era lo mínimo,

y tres veces más por las teselas para conseguir cereales y aceite para

Prim, mi madre y yo. De hecho, he tenido que hacer lo mismo todos

los años, y las inscripciones en el sorteo son acumulativas. Por eso,

ahora, a los dieciséis años, mi nombre entrará veinte veces en el

sorteo de la cosecha. Harry, que tiene dieciocho y lleva siete años

ayudando o alimentando el solo a una familia de cinco, tendrá

cuarenta y dos papeletas.

No cuesta entender por qué se enciende con Madge, que nunca

ha corrido el peligro de necesitar una tesela. Las probabilidades de

que el nombre de la chica salga elegido son muy reducidas si se

comparan con las de los que vivimos en la Veta. No es imposible, pero

sí poco probable y, aunque las reglas las estableció el Capitolio y no

los distritos ni, sin duda, la familia de Madge, es difícil no sentir

resentimiento hacia los que no tienen que pedir teselas.

Harry es consciente de que su rabia no debería ir contra Madge.

Algunas veces, cuando estamos en lo más profundo del bosque,

lo he oído despotricar contra las teselas, diciendo que no son más que

otro instrumento para fomentar la miseria en nuestro distrito, una

forma de sembrar el odio entre los trabajadores hambrientos de la

Veta y los que no suelen tener problemas de comida, y, así,

asegurarse de que nunca confiemos los unos en los otros. «Al

Capitolio le viene bien que estemos divididos», me diría, si no hubiese

nadie más que yo escuchándolo, si no fuese día de cosecha, si una

chica con un alfiler de oro y sin teselas no hubiese hecho lo que

seguramente ella consideraba un comentario inofensivo.

Mientras caminamos, lo miro a la cara, todavía ardiendo debajo

de su expresión glacial; su ira me parece inútil, aunque no se lo digo.

No es que no esté de acuerdo con él, porque lo estoy, pero ¿de qué

sirve despotricar contra el Capitolio en medio del bosque? No cambia

nada, no hace que la situación sea más justa y no nos llena el

estómago. De hecho, asusta a las posibles presas. Sin embargo, lo

dejo gritar; mejor hacerlo en el bosque que en el distrito.

Harry y yo nos dividimos el botín, lo que nos deja con dos peces,

un par de hogazas de buen pan, verduras, un puñado de fresas, sal,

parafina y algo de dinero para cada uno.

--Nos vemos en la plaza --le digo.

--Ponte algo bonito --me responde, sin humor.

En casa, encuentro a mi madre y a mi hermana preparadas para

salir. Mi madre lleva un vestido elegante de sus días de boticaria y

Prim viste mi primer traje de cosecha: una falda y una blusa con

volantes. A ella le queda un poco grande, pero mi madre se lo ha

sujetado con alfileres; aun así, la blusa se le sale de la falda por la

parte de atrás.

Me espera una bañera llena de agua caliente. Me restriego para

quitarme la tierra y el sudor de los bosques, e incluso me lavo el pelo.

Veo, sorprendida, que mi madre me ha sacado uno de sus

encantadores vestidos, una suave cosita azul con zapatos a juego.

--¿Estás segura? --le pregunto, porque intento evitar seguir

rechazando su ayuda.

Antes estaba tan enfadada con ella que no le dejaba hacer nada

por mí. Sin embargo, se trata de algo especial, porque le da mucho

valor a la ropa de su pasado.

--Claro que sí, y también me gustaría recogerte el pelo --me

responde. Le dejo secármelo, trenzarlo y colocármelo sobre la cabeza.

Apenas me reconozco en el espejo agrietado que tenemos apoyado

en la pared.

--Estás muy guapa --dice Prim, en un susurro.

--Y no me parezco en nada a mí --respondo.

La abrazo, porque sé que las horas que nos esperan serán

terribles para ella. Es su primera cosecha, aunque está lo más segura

posible, ya que su nombre sólo ha entrado una vez en la urna; no le he

dejado pedir ninguna tesela. Sin embargo, está preocupada por mí, le

preocupa que ocurra lo inimaginable.

Protejo a Prim de todas las formas que me es posible, pero nada

puedo hacer contra la cosecha. La angustia que noto en el pecho

siempre que mi hermana sufre amenaza con asomar a la superficie.

Me doy cuenta de que se le ha salido de nuevo la blusa por detrás y

me obligo a mantener la calma.

--Arréglate la cola, patito --le digo, poniéndole de nuevo la blusa

en su sitio.

--Cuac --responde Prim, soltando una risita.

--Eso lo serás tú --añado, riéndome también; ella es la única que

puede hacerme reír así--. Vamos, a comer --digo, dándole un besito

rápido en la cabeza.

Decidimos dejar para la cena el pescado y las verduras, que ya se

están cocinando en un estofado, y guardamos las fresas y el pan para

la noche, diciéndonos que así será algo especial; de modo que

bebemos la leche de la cabra de Prim, Lady, y nos comemos el pan

basto que hacemos con el cereal de la tesela, aunque, de todos

modos, nadie tiene mucho apetito.

A la una en punto nos dirigimos a la plaza. La asistencia es

obligatoria, a no ser que estés a las puertas de la muerte. Esta noche

los funcionarios recorrerán las casas para comprobarlo. Si alguien ha

mentido, lo meterán en la cárcel.

Es una verdadera pena que la ceremonia de la cosecha se

celebre en la plaza, uno de los pocos lugares agradables del Distrito

12. La plaza está rodeada de tiendas y, en los días de mercado, sobre

todo si hace buen tiempo, parece que es fiesta. Sin embargo, hoy, a

pesar de los banderines de colores que cuelgan de los edificios, se

respira un ambiente de tristeza. Las cámaras de televisión,

encaramadas como águilas ratoneras en los tejados, sólo sirven para

acentuar la sensación.

La gente entra en silencio y ficha; la cosecha también es la

oportunidad perfecta para que el Capitolio lleve la cuenta de la

población. Conducen a los chicos de entre doce y dieciocho años a las

áreas delimitadas con cuerdas y divididas por edades, con los

mayores delante y los jóvenes, como Prim, detrás. Los familiares se

ponen en fila alrededor del perímetro, todos cogidos con fuerza de la

mano. También hay otros, los que no tienen a nadie que perder o ya

no les importa, que se cuelan entre la multitud para apostar por

quiénes serán los dos chicos elegidos. Se apuesta por la edad que

tendrán, por si serán de la Veta o comerciantes, o por si se

derrumbarán y se echarán a llorar. La mayoría se niega a hacer tratos

con los mañosos, salvo con mucha precaución; esas mismas personas

suelen ser informadores, y ¿quién no ha infringido la ley alguna vez?

Podrían pegarme un tiro todos los días por dedicarme a la caza furtiva,

pero los apetitos de los que están al mando me protegen; no todos

pueden decir lo mismo.

En cualquier caso, Harry y yo estamos de acuerdo en que, si

pudiéramos escoger entre morir de hambre y morir de un tiro en la

cabeza, la bala sería mucho más rápida.

La plaza se va llenando, y se vuelve más claustrofóbica conforme

llega la gente. A pesar de su tamaño, no es lo bastante grande para

dar cabida a toda la población del Distrito 12, que es de unos ocho mil

habitantes. Los que llegan los últimos tienen que quedarse en las

calles adyacentes, desde donde podrán ver el acontecimiento en las

pantallas, ya que el Estado lo televisa en directo.

Me encuentro de pie, en un grupo de chicos de dieciséis años de

la Veta. Intercambiamos tensos saludos con la cabeza y centramos

nuestra atención en el escenario provisional que han construido

delante del Edificio de Justicia. Allí hay tres sillas, un podio y dos

grandes urnas redondas de cristal, una para los chicos y otra para las

chicas. Me quedo mirando los trozos de papel de la bola de las chicas:

veinte de ellos tienen escrito con sumo cuidado el nombre de ___

Everdeen.

Dos de las tres sillas están ocupadas por el alcalde Undersee (el

padre de Madge, un hombre alto de calva incipiente) y Effie Trinket, la

acompañante del Distrito 12, recién llegada del Capitolio, con su

aterradora sonrisa blanca, el pelo rosáceo y un traje verde primavera.

Los dos murmuran entre sí y miran con preocupación el asiento vacío.

Justo cuando el reloj da las dos, el alcalde sube al podio y

empieza a leer. Es la misma historia de todos los años, en la que

habla de la creación de Panem, el país que se levantó de las cenizas

de un lugar antes llamado Norteamérica. Enumera la lista de

desastres, las sequías, las tormentas, los incendios, los mares que

subieron y se tragaron gran parte de la tierra, y la brutal guerra por

hacerse con los pocos recursos que quedaron. El resultado fue

Panem, un reluciente Capitolio rodeado por trece distritos, que llevó la

paz y la prosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaron los Días

Oscuros, la rebelión de los distritos contra el Capitolio. Derrotaron a

doce de ellos y aniquilaron al decimotercero. El Tratado de la Traición

nos dio unas nuevas leyes para garantizar la paz y, como recordatorio

anual de que los Días Oscuros no deben volver a repetirse, nos dio

también los Juegos del Hambre.

Las reglas de los Juegos del Hambre son sencillas: en castigo por

la rebelión, cada uno de los doce distritos debe entregar a un chico y

una chica, llamados tributos, para que participen. Los veinticuatro

tributos se encierran en un enorme estadio al aire libre en la que

puede haber cualquier cosa, desde un desierto abrasador hasta un

páramo helado. Una vez dentro, los competidores tienen que luchar a

muerte durante un periodo de varias semanas; el que quede vivo,

gana.

Coger a los chicos de nuestros distritos y obligarlos a matarse

entre ellos mientras los demás observamos; así nos recuerda el

Capitolio que estamos completamente a su merced, y que tendríamos

muy pocas posibilidades de sobrevivir a otra rebelión. Da igual las

palabras que utilicen, porque el verdadero mensaje queda claro:

«Mirad cómo nos llevamos a vuestros hijos y los sacrificamos sin que

podáis hacer nada al respecto. Si levantáis un solo dedo, os

destrozaremos a todos, igual que hicimos con el Distrito 13».

Para que resulte humillante además de una tortura, el Capitolio

exige que tratemos los Juegos del Hambre como una festividad, un

acontecimiento deportivo en el que los distritos compiten entre sí. Al

último tributo vivo se le recompensa con una vida fácil, y su distrito

recibe premios, sobre todo comida. El Capitolio regala cereales y

aceite al distrito ganador durante todo el año, e incluso algunos

manjares como azúcar, mientras el resto de nosotros luchamos por no

morir de hambre.

--Es el momento de arrepentirse, y también de dar gracias --recita

el alcalde.

Después lee la lista de los habitantes del Distrito 12 que han

ganado en anteriores ediciones. En setenta y cuatro años hemos

tenido exactamente dos, y sólo uno sigue vivo: Haymitch Abernathy,

un barrigón de mediana edad que, en estos momentos, aparece

berreando algo ininteligible, se tambalea en el escenario y se deja caer

sobre la tercera silla. Está borracho, y mucho. La multitud responde

con su aplauso protocolario, pero el hombre está aturdido e intenta

darle un gran abrazo a Effie Trinket, que apenas consigue zafarse.

El alcalde parece angustiado. Como todo se televisa en directo,

ahora mismo el Distrito 12 es el hazmerreír de Panem, y él lo sabe.

Intenta devolver rápidamente la atención a la cosecha presentando a

Effie Trinket.

La mujer, tan alegre y vivaracha como siempre, sube a trote ligero

al podio y saluda con su habitual:

--¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre,

siempre de vuestra parte!

Seguro que su pelo rosa es una peluca, porque tiene los rizos

algo torcidos después de su encuentro con Haymitch. Empieza a

hablar sobre el honor que supone estar allí, aunque todos saben lo

mucho que desea una promoción a un distrito mejor, con ganadores

de verdad, en vez de borrachos que te acosan delante de todo el país.

Localizo a Harry entre la multitud, y él me devuelve la mirada con

la sombra de una sonrisa en los labios. Para ser una cosecha, al

menos estaba resultando un poquito divertida. Pero, de repente,

empiezo a pensar en Harry y en las cuarenta y dos veces que aparece

su nombre en esa gran bola de cristal, y en cómo la suerte no está

siempre de su parte, sobre todo comparado con muchos de los chicos.

Y quizá él esté pensando lo mismo sobre mí, porque se pone serio y

aparta la vista.

«No te preocupes, hay mil papeletas», desearía poder decirle.

Ha llegado el momento del sorteo. Effie Trinket dice lo de siempre,

«¡las damas primero!», y se acerca a la urna de cristal con los

nombres de las chicas. Mete la mano hasta el fondo y saca un trozo

de papel. La multitud contiene el aliento, se podría oír un alfiler caer, y

yo empiezo a sentir náuseas y a desear desesperadamente que no

sea yo, que no sea yo, que no sea yo.

Effie Trinket vuelve al podio, alisa el trozo de papel y lee el

nombre con voz clara; y no soy yo.

Es Primrose Everdeen.

Un libro menos que leer :)

Acabo de terminar de leer Los Juegos del Hambre, el libro esta muy bieno, ahora voy por el segundo. En total tarde 1 dia en leer el libro, y no es porque fuera corto, sino que me ree desvele, solo dormi 3 horasSueño, para poder leer el libro y valio la pena.

besosBeso

Los juegos del hambre- capitulo 1 parte 2

 

--Sólo una ardilla. Creo que el anciano estaba un poco

sentimental esta mañana. Hasta me deseó buena suerte.

--Bueno, todos nos sentimos un poco más unidos hoy, ¿no? --

comento, sin molestarme en poner los ojos en blanco--. Prim nos ha

dejado un queso --digo, sacándolo.

--Gracias, Prim --exclama Harry, alegrándose con el regalo--. Nos

daremos un verdadero festín. --De repente, se pone a imitar el acento

del Capitolio y los ademanes de Effie Trinket, la mujer optimista hasta

la demencia que viene una vez al año para leer los nombres de la

cosecha--. ¡Casi se me olvida! ¡Felices Juegos del Hambre! --Recoge

unas cuantas moras de los arbustos que nos rodean--. Y que la

suerte... --empieza, lanzándome una mora. La cojo con la boca y

rompo la delicada piel con los dientes; la dulce acidez del fruto me

estalla en la lengua.

--¡... esté siempre, siempre de vuestra parte! --concluyo, con el

mismo brío.

Tenemos que bromear sobre el tema, porque la alternativa es

morirse de miedo. Además, el acento del Capitolio es tan afectado que

casi todo suena gracioso con él.

Observo a Harry  sacar el cuchillo y cortar el pan; podría ser mi

hermano: pelo negro liso, piel aceitunada, incluso tenemos los mismos

ojos grises. Pero no somos familia, al menos, no cercana. Casi todos

los que trabajan en las minas tienen un aspecto similar, como

nosotros.

Por eso mi madre y Prim, con su cabello rubio y sus ojos azules,

siempre parecen fuera de lugar; porque lo están. Mis abuelos

maternos formaban parte de la pequeña clase de comerciantes que

sirve a los funcionarios, los agentes de la paz y algún que otro cliente

de la Veta. Tenían una botica en la parte más elegante del Distrito 12;

como casi nadie puede permitirse pagar un médico, los boticarios son

nuestros sanadores. Mi padre conoció a mi madre gracias a que,

cuando iba de caza, a veces recogía hierbas medicinales y se las

vendía a la botica para que fabricaran sus remedios. Mi madre tuvo

que enamorarse de verdad para abandonar su hogar y meterse en la

Veta. Es lo que intento recordar cuando sólo veo en ella a una mujer

que se quedó sentada, vacía e inaccesible mientras sus hijas se

convertían en piel y huesos. Intento perdonarla por mi padre, pero,

para ser sincera, no soy de las que perdonan.

Harry unta el suave queso de cabra en las rebanadas de pan y

coloca con cuidado una hoja de albahaca en cada una, mientras yo

recojo bayas de los arbustos. Nos acomodamos en un rincón de las

rocas en el que nadie puede vernos, aunque tenemos una vista muy

clara del valle, que está rebosante de vida estival: verduras por

recoger, raíces por escarbar y peces irisados a la luz del sol. El día

tiene un aspecto glorioso, de cielo azul y brisa fresca; la comida es

estupenda, el pan caliente absorbe el queso y las bayas nos estallan

en la boca. Todo sería perfecto si realmente fuese un día de fiesta, si

este día libre consistiese en vagar por las montañas con Harry para

cazar la cena de esta noche. Sin embargo, tendremos que estar en la

plaza a las dos en punto para el sorteo de los nombres.

--¿Sabes qué? Podríamos hacerlo --dijo Harry en voz baja.

--¿El qué?

--Dejar el distrito, huir y vivir en el bosque. Tú y yo podríamos

hacerlo. --No sé cómo responder, la idea es demasiado absurda--. Si

no tuviésemos tantos niños --añadió él rápidamente.

No son nuestros niños, claro, pero para el caso es lo mismo. Los

dos hermanos pequeños de Harry y su hermana, y Prim. Nuestras

madres también podrían entrar en el lote, porque ¿cómo iban a

sobrevivir sin nosotros? ¿Quién alimentaría esas bocas que siempre

piden más? Aunque los dos cazamos todos los días, alguna vez

tenemos que cambiar las presas por manteca de cerdo, cordones de

zapatos o lana, así que hay noches en las que nos vamos a la cama

con los estómagos vacíos.

--No quiero tener hijos --digo.

--Puede que yo sí, si no viviese aquí.

--Pero vives aquí --le recuerdo, irritada.

--Olvídalo.

La conversación no va bien. ¿Irnos? ¿Cómo iba a dejar a Prim,

que es la única persona en el mundo a la que estoy segura de querer?

Y Harry está completamente dedicado a su familia. Si no podemos

irnos, ¿por qué molestarnos en hablar de eso? Y, aunque lo

hiciéramos..., aunque lo hiciéramos..., ¿de dónde ha salido lo de tener

hijos? Entre Harry y yo nunca ha habido nada romántico. Cuando nos

conocimos, yo era una niña flacucha de doce años y, aunque él sólo

era dos años mayor, ya parecía un hombre. Nos llevó mucho tiempo

hacernos amigos, dejar de regatear en cada intercambio y empezar a

ayudarnos mutuamente.

Además, si quiere hijos, Harry no tendrá problemas para encontrar

esposa: es guapo, lo bastante fuerte como para trabajar en las minas y

capaz de cazar. Por la forma en que las chicas susurran cuando pasa

a su lado en el colegio, está claro que lo desean. Me pongo celosa,

pero no por lo que la gente pensaría, sino porque no es fácil encontrar

buenos compañeros de caza.

--¿Qué quieres hacer? --le pregunto, ya que podemos cazar,

pescar o recolectar.

--Vamos a pescar en el lago. Así dejamos las cañas puestas

mientras recolectamos en el bosque. Cogeremos algo bueno para la

cena.

La cena. Después de la cosecha, se supone que todos tienen que

celebrarlo, y mucha gente lo hace, aliviada al saber que sus hijos se

han salvado un año más. Sin embargo, al menos dos familias cerrarán

las contraventanas y las puertas, e intentarán averiguar cómo

sobrevivir a las dolorosas semanas que se avecinan.

Nos va bien; los depredadores no nos hacen caso, porque hoy

hay presas más fáciles y sabrosas. A última hora de la mañana

tenemos una docena de peces, una bolsa de verduras y, lo mejor de

todo, un buen montón de fresas. Descubrí el fresal hace unos años y a

Harry se le ocurrió la idea de rodearlo de redes para evitar que se

acercasen los animales.

De camino a casa pasamos por el Quemador, el mercado negro

que funciona en un almacén abandonado en el que antes se guardaba

carbón. Cuando descubrieron un sistema más eficaz que transportaba

el carbón directamente de las minas a los trenes, el Quemador fue

quedándose con el espacio. Casi todos los negocios están cerrados a

estas horas en un día de cosecha, aunque el mercado negro sigue

bastante concurrido. Cambiamos fácilmente seis de los peces por pan

bueno y los otros dos por sal. Sae la Grasienta, la anciana huesuda

que vende cuencos de sopa caliente preparada en un enorme

hervidor, nos compra la mitad de las verduras a cambio de un par de

trozos de parafina. Puede que nos hubiese ido mejor en otro sitio, pero

nos esforzamos por mantener una buena relación con Sae, ya que es

la única que siempre está dispuesta a comprar carne de perro salvaje.

A pesar de que no los cazamos a propósito, si nos atacan y matamos

un par, bueno, la carne es la carne. «Una vez dentro de la sopa,

puedo decir que es ternera», dice Sae la Grasienta, guiñando un ojo.

En la Veta, nadie le haría ascos a una buena pata de perro salvaje,

pero los agentes de la paz que van al Quemador pueden permitirse

ser un poquito más exigentes.

Una vez terminados nuestros negocios en el mercado, vamos a la

puerta de atrás de la casa del alcalde para vender la mitad de las

fresas, porque sabemos que le gustan especialmente y puede

permitirse el precio. La hija del alcalde, Madge, nos abre la puerta;

está en mi clase del colegio. Podría pensarse que, por ser la hija del

alcalde, es una esnob, pero no, sólo es reservada, igual que yo. Como

ninguna de las dos tiene un grupo de amigos, parece que casi siempre

acabamos juntas en clase. Durante la comida, en las reuniones,

cuando se hacen grupos para las actividades deportivas... Apenas

hablamos, lo que nos va bien a las dos.

Hoy ha cambiado su soso uniforme del colegio por un caro vestido

blanco, y lleva el pelo rubio recogido con un lazo rosa; la ropa de la

cosecha.

--Bonito vestido -dice Harry.

Madge lo mira fijamente, mientras intenta averiguar si se trata de

un cumplido de verdad o de una ironía. En realidad, el vestido es

bonito, aunque nunca lo habría llevado un día normal. Aprieta los

labios y sonríe.

--Bueno, tengo que estar guapa por si acabo en el Capitolio, ¿no?

Ahora es Harry el que está desconcertado: ¿lo dice en serio o está

tomándole el pelo? Yo creo que es lo segundo.

--Tú no irás al Capitolio --responde Harry con frialdad. Sus ojos se

posan en el pequeño adorno circular que lleva en el vestido; es de oro

puro, de bella factura; serviría para dar de comer a una familia entera

durante varios meses--. ¿Cuántas inscripciones puedes tener?

¿Cinco? Yo ya tenía seis con sólo doce años.

--No es culpa suya --intervengo.

--No, no es culpa de nadie. Las cosas son como son --apostilla

Gale.

--Buena suerte, ___ --dice Madge, con rostro inexpresivo,

poniéndome el dinero de las fresas en la mano.

--Lo mismo digo --respondo, y se cierra la puerta.

Caminamos en silencio hacia la Veta. No me gusta que Harry la

haya tomado con Madge, pero tiene razón, por supuesto: el sistema

de la cosecha es injusto y los pobres se llevan la peor parte. Te

conviertes en elegible para la cosecha cuando cumples los doce años;

ese año, tu nombre entra una vez en el sorteo.

A los trece, dos veces; y así hasta que llegas a los dieciocho, el

último año de elegibilidad, y tu nombre entra en la urna siete veces. El

sistema incluye a todos los ciudadanos de los doce distritos de

Panem.

Sin embargo, hay gato encerrado.

disfruten el trailer, en abril creooo que se estrena, la peli parece que va a estar muy buena y el libro es muy facinante.

besos espero q les alla gustado

Capitulo 3- Por favor que acepte!

 

La tarde paso rápido, ya eran las Diez de la noche y estábamos volviendo al departamento, reinaba un silencio medio incomodo y no sabía que decir para calmar la tención que reinaba en el aire, ustedes se estarán preguntando, porque esta así Harry? ; Por qué? Eso es una buena pregunta

FLASH BACK

Al terminar de retocar la pintura, me fijo en el reloj y faltaba 5 minutos para que Harry llegara, el era muy puntual al contrario de Justin, pero en lo que si concordaban los dos, eran iguales a la hora de conquistar chicas.

PRIINNNN

Siete en punto. Voy corriendo a abrir la puerta y me encuentro con un gran ramo de flores rojas

__: que lindas...

Harry: si son muy lindas, pero no se comparan ante tu belleza (AWWW ya quisiera que algún chico me diga así)

__: gracias- Dios Harry tiene el mismo pasatiempo que Justin, hacerme sonrojar!

Harry: todo por una chica tan bella

__: bueno basta de halagos, y vamos yendo que la peli empieza- fijándome en mi reloj- dentro de media hora!

Fuimos al cine y elegimos una película de comedia "Alvin y las ardillas 3"

En toda la peli nos  pasábamos conversando y riéndonos, después de que terminara, decidimos ir a comer a un bar que quedaba a la vuelta del cine.

Todo iba bien, pedimos la comida y empezamos a hablar cosas sin sentido, hasta que el ambiente se torno medio serio y decidí comentarle sobre mi plan.

__: Harry, tu sabes cuánto me gustaba Justin, verdad?

Harry: si, porque la pregunta?

__: es que la verdad es...

Harry: que te sigue gustando

__: si

Harry: no te entiendo, el no para de hacerte sufrir y tiene tu amor, en cambio hace 2 años que te Amo y sabes que por ti cambiaria, pero no te importa...

__: Harry...

Harry: que tiene el, que yo no tenga?- no sabía que contestarle, el en estos 2 últimos años se había comportado de maravilla, pero por alguna razón solo lo veo como un amigo- sabes que no digas nada, mejor vámonos que te acompaño hasta tu departamento.

FIN DE FLASHBACK

Al llegar a mi departamento, pude ver que las luces estaban apagadas, eso significaba que ninguna de las chicas estaba o simplemente estaban durmiendo

__: Harry, mira yo...

Harry: ya sé lo que me vas a decir...

__: QUE?- no me di cuenta, y lo dije gritando, el no puede estar hablando en serio, como se entero? Bueno si es lo que yo pienso que me va a decir.

Harry: hoy estuve hablando con el novio de Taylor, bueno según el ahora es EX novio- me lo dijo, como si no tuviera importancia, pobre Tay, aunque no voy a dejar pasar que le allá contado a su ex sobre mi plan, aunque en ese instante él fuera su novio - no me mires con esa cara- no me había dado cuenta de que lo estaba mirando de una manera fea-lo que te quiero decir, es que no estoy de acuerdo, pero eso no signifique que no acepte, solo que no me gusta tu plan, por más que no me agrada Bieber, no creo que este bien que lo trates como un juguete, aunque me resulte divertido- me dijo lo ultimo riendo, estos años me di cuenta que Harry es una persona excepcional, siempre ha estado cuando lo necesitaba y me ha apoya en todo. Creo que uno de los motivos principales por el que no me gustaría enamorarme de él es porque, Harry es muy necesario en mi vida, por eso tengo tanto miedo a perderlo.

__: pero....  esos es un sí?

 

Narra Justin:

Me quede toda la tarde pensando  en Harry y __, yo se que ella merece ser feliz, pero no con él, Harry tiene algo que no me agrada, y no es por celos, si para mi ella es una hermana... verdad?

 

 

 

 

 

 

Espero que les  allá gustado, es que me no tenia mucha inspiracion, dentro de un rato o mañana subo la continuacion.

ha por cierto, que empiece a subir capitulos de Los juegos del habre no significa que deje mi nove! :) 

besos  

 

 

 

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__(Tn)__(Ta)

__(Tn)__(Ta)

Justin Bieber

Justin Bieber

Harry Stiles

Harry Stiles

con cual se quedan?

cual es mas lindo??

Justin Bieber

50%

Harry Stiles

0%

Logan Lerman

0%

Nick Jonas

0%

Zac Efron

25%

Custom Replies(1)

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Lucia Colligwood

Lucia Colligwood

Lucy Hale

Lucy Hale

Victoria Reid

Victoria Reid

cual color de pelo

¿cual es el color de pelo q te gusta en los chicos?

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